La Elección de Amelia

La Elección de Amelia

El eco de la risa, los brindis y el taconeo de decenas de modelos resonaban en el salón principal de la mansión Lancaster. Los cristales colgaban como estrellas atrapadas, el champán fluía como agua, y los murmullos de expectativa llenaban el aire. La velada había sido anunciada semanas atrás en los círculos más exclusivos del país, y nadie quería perderse el acontecimiento: Richard Lancaster, magnate de la construcción y dueño de medios de comunicación, había decidido que era hora de buscar una nueva esposa… pero lo haría de la manera más excéntrica posible.

No sería él quien eligiera, sino su hija Amelia, una niña de apenas ocho años, la que designaría a su futura madre entre un grupo de modelos y socialités cuidadosamente seleccionadas.

La prensa lo llamaba “El Baile de la Nueva Madre”, y aunque sonaba extravagante, también dejaba ver la manera en que Richard convertía todo en un espectáculo mediático. Tres años habían pasado desde la trágica muerte de su esposa, Isabel, y él había guardado luto lo suficiente. Ahora quería pasar página… o al menos eso decía.

La niña en medio del lujo

Amelia, con un vestido color marfil que contrastaba con sus rizos castaños, permanecía sentada en un sillón tapizado en terciopelo, demasiado grande para su pequeña figura. Sus ojos curiosos observaban el desfile interminable de mujeres que entraban y se presentaban con sonrisas ensayadas, perfumes caros y vestidos de gala.

Cada una de ellas sabía que, detrás de la inocencia del evento, se encontraba un contrato millonario: casarse con Richard Lancaster significaba acceso a una vida de lujo, influencia y poder. Muchas ya fantaseaban con el título de “Señora Lancaster” y con el destino asegurado que eso traería consigo.

Pero Amelia no estaba impresionada. Para ella, esas mujeres eran desconocidas, tan brillantes como frías, como joyas encerradas en vitrinas que nunca se podían tocar.

Los invitados

Los hombres de negocios reían con copas en mano, apostando en voz baja sobre quién sería la elegida. Las damas de la alta sociedad fingían interés, aunque la mayoría cuchicheaba sobre lo ridículo del espectáculo. Los fotógrafos se peleaban por el mejor ángulo, y los periodistas anotaban cada gesto del magnate y de su hija.

—Es una puesta en escena, nada más —susurró una mujer de vestido rojo a su acompañante—. Todos sabemos que Richard ya tiene a su favorita.

—Tal vez… pero no olvides que la niña es caprichosa —respondió el hombre, sonriendo.

La humilde criada

Entre las sombras del salón, casi invisible, una mujer joven de uniforme sencillo servía copas y recogía platos vacíos. Su nombre era Clara, y llevaba más de cinco años trabajando en la mansión. Había sido la mano derecha de la difunta señora Isabel, quien siempre la trató con cariño y respeto. Después de la tragedia, fue Clara quien se quedó al lado de Amelia en sus noches de llanto, quien le cantaba canciones de cuna cuando despertaba sobresaltada, y quien secaba sus lágrimas en silencio.

Para Amelia, Clara no era solo una empleada: era su refugio, su secreto consuelo en una casa demasiado grande y fría.

El momento esperado

Cuando el reloj marcó las nueve, Richard Lancaster golpeó suavemente su copa con una cuchara, pidiendo silencio. Todos los murmullos se apagaron de inmediato.

—Damas y caballeros —dijo con voz grave y orgullosa—, gracias por acompañarnos esta noche. Hoy es un día especial, no solo para mí, sino para mi hija Amelia. Ha llegado el momento de que ella escoja a la mujer que ocupará el lugar de madre en su vida y en nuestro hogar.

Un murmullo de expectativa recorrió la sala. Las modelos sonrieron aún más, algunas acomodándose el cabello, otras inclinándose para resaltar sus joyas.

Richard tomó la mano de su hija y la llevó al centro del salón. La niña lo siguió con paso tímido, pero su mirada estaba firme.

—Amelia —continuó él—, es tu decisión. Tienes frente a ti a mujeres maravillosas, todas deseosas de cuidarte, quererte y ser tu nueva madre. Escoge con el corazón.

El silencio era tan profundo que se escuchaba el chasquido de las cámaras fotográficas.

La sorpresa

Amelia miró una por una a las mujeres frente a ella. Todas sonreían, todas parecían perfectas, pero ninguna le transmitía calidez. Sus pequeños labios temblaron antes de pronunciar las palabras que cambiarían el rumbo de la noche.

—Ya lo he decidido —dijo con voz clara, aunque suave—. Quiero que sea Clara.

Un murmullo estalló en el salón. Los invitados intercambiaron miradas de incredulidad. Las modelos quedaron petrificadas, algunas con la sonrisa congelada, otras con la boca abierta de asombro.

—¿Clara? —repitió Richard, incapaz de ocultar su sorpresa.

La niña asintió con convicción.

—Ella siempre estuvo conmigo. Cuando mamá se fue, nadie me abrazó como ella. Nadie me cuidó cuando tenía miedo. Quiero que Clara sea mi mamá.

La criada, paralizada en un rincón, dejó caer la bandeja que sostenía. Las copas rodaron por el suelo, pero nadie les prestó atención. Todos los ojos estaban sobre ella.

El escándalo

—¡Esto es inaceptable! —exclamó una de las modelos, con voz cargada de indignación—. ¡No vine aquí para que me comparen con una sirvienta!

—¡Es una farsa! —añadió otra, mientras el murmullo de desaprobación crecía entre los invitados.

Richard levantó una mano, intentando controlar la situación, aunque su rostro estaba rígido, como una estatua de mármol.

—Amelia… —dijo en un tono más severo—. ¿Entiendes lo que estás diciendo?

—Sí, papá —respondió ella, con los ojos llenos de lágrimas contenidas—. Si mamá no puede volver, entonces quiero que sea Clara.

Un silencio cargado de verdad

Por un momento, nadie se atrevió a hablar. El poder de un magnate, el brillo de las joyas y la superficialidad de la alta sociedad habían quedado eclipsados por la inocencia de una niña y su verdad desnuda.

Richard miró a su hija, y luego a Clara, que aún temblaba de pie, incapaz de articular palabra. En sus ojos vio algo que no esperaba: gratitud, miedo y amor sincero.

El público esperaba una reacción: ¿se impondría el magnate, anulando la decisión de su hija? ¿O aceptaría aquel giro que ponía en jaque toda su imagen pública?

La decisión

Después de unos segundos que parecieron eternos, Richard exhaló lentamente. Su voz resonó grave, pero con un dejo de rendición:

—Amelia ha hablado. Y su palabra, en esta casa, tiene peso.

El salón explotó en murmullos y protestas. Algunos invitados abandonaron indignados la velada, mientras los fotógrafos se abalanzaban para capturar la imagen de la humilde criada, ahora bajo los reflectores.

Clara, con lágrimas en los ojos, se arrodilló frente a la niña.

—Amelia… yo… no sé qué decir —susurró, temblorosa.

La pequeña la abrazó con fuerza.

—Solo di que sí.

Y Clara, por primera vez en años, sonrió con el corazón abierto.


👉 Esa noche, entre diamantes, trajes de gala y miradas de desprecio, fue la ternura de una niña la que derrumbó el muro de las apariencias. Amelia no eligió la belleza superficial ni el poder, sino el amor verdadero que había estado siempre a su lado, silencioso, humilde, pero más valioso que todo el oro del mundo.

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